SOBRE LAS INSTITUCIONES ARTÍSTICAS DE NUESTRAS CIUDADES
Y EL PROYECTO DE UNA NUEVA INSTITUCIÓN
Jorge Ruiz Abánades
El origen de este ensayo puede hallarse en la maraña que forman las siguientes preguntas: ¿qué función cumplen las instituciones artísticas de nuestras ciudades?, ¿son las instituciones que hay todas las que demanda nuestra sociedad?, ¿de quién es la responsabilidad (si existe aquí responsabilidad alguna) de garantizar la existencia de las instituciones demandadas?, ¿qué puede motivar la creación de una nueva institución artística? Esta preguntas están tras este ensayo, pero, en verdad, el principal estímulo es mi reflexión sobre el proyecto que mi compañero y amigo Diego Agulló ha venido desarrollando en la ciudad de Berlín desde hace poco menos de un año; proyecto que, con algo de suerte y esfuerzo, podremos sacar a la luz próximamente en Madrid. Tal proyecto ha recibido el nombre de “CUE”, y este escrito no pretende si no homenajearlo y tratar de alimentar su porvenir.
I
Por “institución artística” debemos entender, de forma general, aquellos espacios (públicos o privados) destinados a fomentar o estimular la actividad artística de una sociedad. Los museos o galerías de exposiciones, los auditorios, óperas, teatros, cines o pequeñas salas de conciertos... son las instituciones artísticas más comunes en nuestras ciudades. También pueden considerarse institucionales ciertos festivales, ciclos, talleres o concursos, organizados por ministerios, ayuntamientos, universidades o por fundaciones privadas o cajas de ahorros... Todos ellos pretenden, en efecto, facilitar que los miembros de nuestra sociedad entren en contacto con el arte.
Cada institución -por decirlo de algún modo- facilita el acceso a diferentes aspectos de la actividad artística. El Museo del Prado de Madrid, por ejemplo, nos invita contemplar muchas de las grandes obras de los grandes maestros de la pintura (hasta más o menos el s. XIX), así como el Guggenheim de Bilbao nos invita a contemplar obras (tanto pinturas como esculturas o instalaciones) de los destacados autores contemporáneos. El Auditorio Nacional organiza actuaciones y ciclos temáticos, poniendo ante el público, año tras año, a las principales orquestas del mundo interpretando las piezas musicales de los grandes compositores de la historia; lo mismo que la Real Ópera o el Teatro Real organizan semejantes ciclos y eventos en sus respectivos géneros. Por lo pronto, podemos comprobar que las instituciones mencionadas estimulan la actividad artística de nuestra sociedad, pues, sin duda, contemplar las obras que ha dado la Historia del Arte es ya una actividad artística muy aconsejable.
Ahora bien, por ejemplo, en tales instituciones es difícil acceder a las obras de mayor actualidad, pues esos espacios tan destacados sólo exponen lo -digamos- universalmente reconocido como Gran Arte, y parece ser que una obra debe reposar en una bodega (por lo menos hasta que esté muerto o casi muerto el autor) hasta poder recibir semejante calificativo. Esto no es extraño y, desde luego, tiene su razón de ser. Pero podemos decir sin dudar que la actividad artística actual no se acaba en la contemplación de las obras destacadas por la Historia del Arte con mayúsculas. Sin duda, habrá hoy muchos artistas que están haciendo grandes obras, aunque quizá no se declararán como tales hasta dentro de unos cuantos años. Debe haber, pues, instituciones que permitan el acceso a la contemplación de estas obras de mayor actualidad, y esto es, en general, a lo que se dedican los festivales y concursos organizados por unas u otras instituciones (públicas o privadas), así como ciertas galerías o espacios que dedican sus instalaciones al arte más contemporáneo. Es de agradecer, sin duda, que haya instituciones dedicadas a facilitar nuestro acceso a obras de autores aún no consagrados, pues es del todo recomendable que existan plataformas donde exponer lo que se hace hoy para los que viven hoy.
Pero habrá que reparar ahora en una cuestión importante. Hoy por hoy, podemos decir que tales festivales y concursos, así como las salas o galerías que presentan artistas contemporáneos no consagrados, están diseñados para escoger e impulsar a “futuras promesas”, bajo los criterios particulares de un jurado siempre demasiado particular. Tengo la sensación de que actualmente no se repara lo suficiente en la responsabilidad que se cierne sobre los jurados de los concursos del arte contemporáneo, lo mismo que sobre los comisarios de las salas de exposiciones (sean públicas o privadas). Los diferentes jurados imponen sus criterios y votan, y de sus votaciones y criterios salen artistas y obras con una especie de “sello de calidad”. Este sello pasa a formar parte del currículum del artista, lo cual puede y debe ayudarle a superar futuros concursos y a situarse, al final, como un artista destacado («¿ha participado en este festival, ganó aquel y aquel otro concurso, estuvo aquí y allá...?, entonces sin duda es bueno: debemos exponer su obra»). Así, en efecto, son los criterios de los jurados de hoy los que, de algún modo, determinan quiénes van a ser los artistas consagrados de mañana, cuyas obras llenarán los más destacados recintos dedicados al arte en nuestra ciudad. Desde luego, no podemos entrar a criticar los criterios de los jurados: si ellos consideran bajo su juicio que eso es lo mejor que se ha presentado, no hay razón ninguna para negárselo. Pero, a decir verdad, cada vez soy más partidario de que no puede haber un criterio último en materia de Estética y que, si lo hay, eso sólo Dios lo sabe. Desde luego, si un mismo artista ha cautivado a este, a aquel y a aquel otro jurado, y ha congratulado a todos estos críticos de arte y a todo este público, por algo será, será que es bueno y que merece la pena contemplar sus obras y estudiarlas. No voy a ser yo el que lo niegue, pero tampoco seré quien lo afirme. A todo esto, lo importante es ser conscientes de que, sea como fuere, lo que vemos expuesto en nuestros museos, o lo que se presenta en los festivales de arte contemporáneo, está determinado por los criterios estéticos de los que, año tras año, y a lo largo de la historia, se han visto en la disposición de decir qué es lo bueno y qué es lo malo de todo el arte que se ofrece. Y con esto -insisto- no quiero decir que las elecciones de los críticos y jueces no sean acertadas; sólo quiero decir que existen tales elecciones y que muchas cosas son las que se desechan (en virtud a unos criterios determinados a saber por qué).
En cualquier caso, hasta aquí sólo hemos satisfecho la parte “contemplativa” de la actividad artística. Las instituciones mencionadas facilitan el acceso del público a la contemplación de obras, pero, por ejemplo, no nos permiten acceder a los “procesos creativos”. Hubo un tiempo en el que la distancia entre artistas y público era grande, y eso no importaba: nos bastaba con contemplar sus obras, pues eso -las obras- eran lo importante. Pero, al parecer, hoy por hoy nos resulta interesante contemplar, no sólo las obras, si no también el modo en que esas obras son creadas por los artistas. Al fin y al cabo, la creación de la obra forma parte indiscutible de la actividad artística (la creación es, sin duda, la actividad propiamente artística), así que sería estimulante para una sociedad el que sus individuos pudieran acceder también a contemplar esa actividad en su desarrollo. Tener acceso a esta parte de la actividad artística ha sido la función de los así llamados “talleres” (organizados desde las instituciones), en los cuales se invita a ciertos artistas para que muestren no sus obras, si no, más bien, su manera de trabajar: son reuniones o puntos de encuentro entre artistas y público, de donde unos y otros pueden extraer buenas ideas para trabajos futuros.
En el fondo, esta se considera la principal función de las instituciones artísticas en general, y por eso la proliferación de talleres ha resultado tremendamente estimulante. Poner en contacto a los miembros de una sociedad con el arte sirve, sobre todo, para motivar a algunos de estos miembros a ser artistas, pues estimamos recomendable que sigan produciéndose hoy obras de arte, para nuestro deleite y para el deleite de las generaciones venideras. Se crean instituciones artísticas para crear en nuestras ciudades puntos en los que tomar algún tipo de contacto con el arte, y esto sirve para que los ciudadanos no olvidemos que el arte existe, que ha sido esto, que luego fue eso, y que ahora es esto y aquello. Existen instituciones artísticas porque estimamos recomendable invertir cierta cantidad de dinero en estimular la actividad artística de nuestra sociedad, porque de alguna manera pensamos que una sociedad es mejor si dispone de miembros artistas y de ciudadanos interesados y sensibilizados por el arte.
Todas las instituciones artísticas son puntos de encuentro destacados en los mapas y en las agendas culturales de una ciudad, y es la permanencia y la estabilidad de estos centros y de estas instituciones lo que posibilita reunir en esos puntos, de forma sistemática, a los interesados en materias artísticas. Si usted está interesado en el arte, siempre encontrará en Madrid algún lugar destacado en un mapa donde entrar en contacto con alguna actividad artística (sea viendo un museo, escuchando una sinfonía contemporánea o charlando con ciertos artistas en un taller). Ahora bien, es importante recordar y destacar que todo aquello a lo que tenemos acceso como público está mediado por unos criterios determinados a saber por qué, respaldados por los críticos, los jurados de concursos o los comisarios de museos, salas de exposición o teatros... El gran público sólo tiene acceso a lo que supera estos aranceles. ¿Pero qué pasa con los artistas y con las obras que no pasan los aranceles? Sin duda, la actividad de estos artistas descartados forma parte de la actividad artística general de una sociedad, pero resulta evidente que tal actividad no acontece en la superficie, si no que ha de moverse en círculos -como suele decirse- underground. No hay instituciones dedicadas a facilitar el acceso a estos artistas y obras, y nosotros sólo sabemos que existen por casualidad (porque un día caí en tal garito) o porque nosotros mismos tenemos un proyecto semejante. Las actividades del arte underground suceden fuera de los espacios destacados en los mapas y en las agendas culturales de nuestras ciudades, pero eso no ha impedido que se constituyan círculos o circuitos del arte underground. Podemos encontrar cada vez más publicaciones de baja tirada, organizaciones pequeñas y webs dedicadas a promocionar estos circuitos, acercándose así a una actividad institucional, pero muy fragmentada y con muy escaso recurso económico, que se traduce en un escaso alcance (y por esto, como un pez que se muerde la cola, no deja de ser underground).
Soy de la opinión de que una sociedad estará mejor educada y estimulada artísticamente si tiene acceso a una mayor parte de la actividad artística desarrollada en esa sociedad. Así pues, como primer punto del orden del día, podemos destacar la importancia de facilitar el acceso al arte underground (aunque, cabalmente, al hacerlo deje de ser underground, pues se trata de hacerlo salir a la superficie, para que todos sepamos dónde encontrarlo si estamos interesados en ello). Desde luego, nadie puede decir que esto sea necesario para la supervivencia de la actividad artística, pues es un hecho que ésta existe sin que exista una institución dedicada a facilitar el acceso al arte que no pasa los aranceles de los críticos y comisarios. En efecto, la existencia de esta hipotética institución no es necesaria, pero esto no quiere decir que no pueda ser recomendable. Ocurre aquí exactamente igual que con los museos en su momento. Nunca fue necesario un museo para desarrollar el arte de un pueblo, pero hubo un momento en que alguien pensó que semejante espacio podría ser artísticamente estimulante para la sociedad, y hoy no concebimos una ciudad que no tenga algún museo. Que nuestra hipotética institución exista, depende de que nos resulte estimulante y nos pongamos a ello.
Pero, ¿en qué podría consistir nuestra hipotética institución, encargada de sacar a la luz el arte que hoy se mueve bajo tierra?
II
Lo primero que debe quedar claro, es que la existencia del arte underground se debe fundamentalmente a la existencia de aranceles estéticos, que en la mayor parte de los casos se derivan de aranceles políticos. Hablando en términos un tanto exagerados, podríamos decir que los criterios de los críticos, jueces o comisarios son una versión moderna (liberal y democrática) de la antigua censura: la única diferencia real es que las obras desechadas por los críticos no tienen categoría de delito (lo cual no es poco), pero lo descartado se vuelve también inaccesible para el gran público. En principio, nadie te va a perseguir por crear obras de contenido “políticamente incorrecto” -como suele decirse-, pero es muy probable que no encuentres la institución que exponga tu obra y fomente tu trabajo. Pero esto es sólo un ejemplo. No se trata sólo de lo “políticamente incorrecto”, sino simple y llanamente de lo que no resulta correcto a los críticos, jueces o comisarios, en virtud de unos criterios determinados a saber por qué. Por esto el arte underground es, justamente, underground: porque existen instituciones artísticas cuya actividad fundamental consiste en aplicar criterios (estéticos, políticos o lo que sea) para la elección de los artistas y obras que serán destacados y promocionados (y todos los demás seguirán trabajando bajo tierra).
Si buscamos una institución que facilite el acceso al arte underground y promocione e impulse a estos artistas, esta institución, por lo pronto, no puede centrar su actividad en la aplicación de criterios (ni estéticos ni políticos ni de ninguna clase), pues de lo contrario siempre habría alguien que quedaría fuera y seguiría en la oscuridad. El nuestro ha de ser un centro de exposición de obras que esté destacado en los mapas y agendas culturales de una ciudad, pero qué sea lo que se exponga en nuestro centro no debe estar mediado por criterio ninguno (sin exceder -esto resulta evidente- los límites de la “legalidad”). Puede decirse, en efecto, que esta institución ha de ser un escenario público y abierto a la participación de cualquier individuo, sea para exponer sus cuadros, para tocar su música, para proyectar los videos que ha realizado o practicar los movimientos corporales en los que ha estado trabajando (independientemente de que nos guste o no)... Para exponer o exponerse en esta hipotética institución no puede ser necesaria la presentación de un aval curricular, pues disponer de un buen currículum sólo es prueba de haber pasado una serie de aranceles, los cuales no deben influir en nuestra hipotética institución, que debe acomodarse a cualquier criterio. Según estos requisitos, tal espacio de exposición público y abierto podría ser la mismísima calle, pues en la calle somos libres de exponer lo que queramos (siempre que no excedamos la legalidad). Desde luego, el espacio podría ser la calle si fuera eso lo que exige cierta obra, pero nuestro apoyo institucional no puede consistir sólo en disponer un espacio, sino en promocionar tal espacio (incluyéndolo en los mapas y agendas culturales) y apoyar con infraestructura y medios adecuados a quienes van a desarrollar su trabajo en él, que puede ser, en principio, cualquier interesado.
Esta es una cuestión importante: porque ha de ser cualquier interesado el que exponga en nuestra institución, no puede haber aquí ninguna distinción a priori entre público y artista, pues cualquier individuo es susceptible de ser cualquiera de las dos cosa o las dos cosas a la vez. Puedo acudir a esa institución a ver lo que pasa, pero puedo llegar allí y ser yo mismo el que desarrolle una serie de intervenciones artísticas ante los demás asistentes. Esta institución, por tanto, no sólo facilita al público el acceso a la “contemplación de obras” (que sí lo hace), ni facilita sólo el acceso a charlar con los artistas sobre cómo trabajan (que también lo hace), sino que facilita también el acceso del público al “acto creativo mismo”, pues cualquiera que entre allí tiene derecho a ser el artista, con el apoyo incondicional de la institución. Tal institución debe, entonces, facilitar la labor de cualquiera que desee desarrollar allí una actividad artística (con todo lo que hoy abarca eso), intentando proporcionar los medios para realizar cualquier espontáneo proyecto. Nuestra institución debe apoyar por igual a cualquiera que allí se presente con algo que ofrecer, y que tenga algo que ofrecer sólo puede depender de su deseo de ofrecer algo.
Por tanto, nuestra institución no sólo proporciona apoyo y acceso al hasta hoy arte underground, sino que permite a cualquiera ser artista. Debemos convencernos, lo primero, de que tener acceso a una mayor parte de la actividad artística favorece o estimula el desarrollo de la propia actividad artística de una sociedad. Y, lo segundo, debemos tener claro que hay en nuestra sociedad muchos más artistas (esto es: personas que desarrollan actividades de creación artísticas) de los que pudiéramos imaginar viendo las agendas culturales de nuestra ciudade. Son muchos los jóvenes y no jóvenes que, por amor al arte, pintan, tocan música, bailan o crean videos, en sus casas, con sus propios medios, creando obras que poquísimas personas llegarán a ver. ¿Y quien duda que alguno de estos anónimos artistas oculte en su casa obras de impresionante valor artístico, dignas de exponerse en los mejores centros de una gran ciudad? ¿Quién puede dudar que la actividad de estos anónimos sea, en efecto, una actividad artística, digna de tenerse en cuanta como tal? Sin duda, todo esto se podría ver cuestionado por los aires del arte elitista que critican la pluralidad de voces en el panorama artístico, pues arguyen que eso dificulta la detección de lo que sea verdaderamente bueno. Esto podría ser cierto, en efecto, si pudiéramos determinar de forma clara los criterios para lo bueno y lo malo en el arte. Si alguien tiene la fórmula de semejante determinación, estoy de acuerdo en promocionar sólo a los artísticas que respondan de forma positiva ante esa fórmula. Pero, a decir verdad, dudo mucho que hoy por hoy alguien esté en disposición de justificar hasta una base sólida los criterios de su juicio estético. Así pues, si no parece posible determinar a priori qué es lo bueno y qué es lo malo del arte que hoy se produce, entonces no me es del todo justo promocionar institucionalmente sólo a ciertos artistas. Está en nuestras manos crear instituciones nuevas, que intenten satisfacer las nuevas demandas artísticas y culturales en general, tratando de hacer accesible la mayor parte del panorama (sin tener que clausurar las antiguas instituciones). Que existe la demanda de una institución como la que estamos diseñando, se nota fundamentalmente en la proliferación de los circuitos de arte underground, arte que habita fuera del mercado y fuera de los centros destacados en los mapas. Y está en nuestras manos el que nuestra hipotética institución se convierta en una realidad.
Desde luego, todo supone un gasto de dinero, pues eso es justamente lo que hacen las instituciones artísticas hoy existentes. Las instituciones artísticas hoy existentes se gastan el dinero en promocionar a aquellos artistas que pasan los aranceles de los críticos, y ofrecen al público el acceso a esa parte de la actividad artística actual (lo cual es siempre de agradecer). La institución que ahora proponemos debe satisfacer la creciente demanda de que el público acceda directamente al proceso de creación, pues existen muchos más artistas de los que cabe imaginar. Que el público pueda ser participante creativo de las obras que se exponen debe, sin duda, estimular tremendamente a los miembros de nuestra sociedad. ¿No es esa la función de nuestras instituciones artísticas: estimular artísticamente a los miembros de una sociedad, para que siga existiendo el interés por el arte y prolifere la actividad y la creación artística? Si es así, puede ser recomendable dedicar una parte de nuestros presupuestos a crear y mantener una institución como la que ahora diseñamos.
Sobre la cuestión del dinero, tenemos que hablar también en otro sentido. Resulta que nuestra institución se posiciona de un modo peculiar ante la “economía del arte” o el “mercado del arte”. Por un lado, semejante institución no puede obtener beneficios económicos por el desempeño de su actividad; no puede cobrar entrada a sus asistentes (pues pueden ser los artistas que allí expongan), ni tampoco puede pagar a los asistentes que hagan de artistas (pues también son o pueden ser espectadores). En principio, las instituciones actuales no sólo invierten su dinero en promocionar y exponer las obras de aquellos aprobados por la crítica, sino que dedican parte de este dinero a pagar a los propios artistas, cuyo trabajo se convierte en un trabajo remunerado; la actividad artística es así, para estos afortunados artistas, una actividad lucrativa. Esto es lógico: si la sociedad estima que debe haber algunas personas encargadas de suministrar obras de arte, porque nos gusta acudir a los museos y verlos llenos de cuadros, y nos gusta disfrutar de esta y aquella representación, es lógico y justo que estas personas cobren dinero a cambio de dedicar su tiempo a darnos ese disfrute. Desde luego, en la hipotética institución que estamos planteando no es posible pagar a todos los que allí se presenten. En esta ocasión, la institución sólo puede encargarse de proporcionar los medios adecuados para la exposición, y promocionarse así misma como lugar destacado en el que entrar en contacto con el arte. Si alguien acude a esta institución para exponer su obra, nadie le va a pedir cuentas por lo que haga, pero el artista en cuestión tampoco percibirá sueldo ninguno (sería demasiado fácil vivir por la cara). Aquel que desarrolle su actividad artística en nuestra institución, estará desarrollando una actividad no lucrativa, esto es, como suele decirse, “por amor al arte”; una actividad que estará fuera por completo del “mercado”. Esto no quita para que su exposición en nuestra institución le permita a uno entrar en contacto con otras instituciones o particulares que se interesen por su obra y estén dispuestos a “contratarle”. Nuestra institución ha de ser, en efecto, una lanzadera: un escenario público y abierto en el que artistas no consagrados puedan exponerse (sin aval curricular ni arancel ninguno), y será la propia institución la encargada de hacer que estos escenarios estén destacados en los mapas y agendas culturales de nuestra ciudad. Porque no es lo mismo exponerse en la calle que en un lugar destacado como “Centro de Arte”, por donde pasan sistemáticamente los interesados en la actividad artística. Esta institución, en efecto, también puede servir para encontrar artistas prometedores, pues el nuestro no debe dejar de ser un escenario destacado de nuestra ciudad.
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No me cabe la menor duda de que una institución como la que presentamos sería muy bien recibida por mucho miembros de nuestra sociedad. La suerte de haber colaborado con Diego Agulló en el proyecto “CUE” me ha revelado su increíble éxito. Hasta hoy, CUE ha sobrevivido gracias al esfuerzo económico de Diego Agulló y de algunos pocos colaboradores, lo cual no ha permitido sacar el proyecto del mundo underground. Nuestra idea de institucionalizar CUE responde simplemente a nuestro deseo de disponer de mayor potencial económico, con el fin de facilitar más medios y mejores espacios, así como para lograr una adecuada promoción. Nuestro único interés es dar salida y luz a una parte de la actividad artística actual, que hoy se desarrolla privadamente bajo tierra; fomentando una actividad artística directa y sin intermediarios, libre y no lucrativa; un lugar en el que encontremos a verdaderos enamorados del arte, quizá sin currículum, pero quizá con muchas cosas que mostrar.
J. R. A.
Madrid, febrero de 2008.